Más allá de la verborrea democrática, al margen del forraje progresista y de la exaltación de un patriotismo social para consumo exclusivo de inmigrantes ilegales y demás santos laicos, el tedioso discurso de Pedro Sánchez no es de investidura, es una sentencia de investidura, una lista negra de españoles perseguibles de oficio por ser lo que son, por ser como son y por pensar como piensan.

Apelando a la tolerancia y al diálogo, Pedro Sánchez levanta un telón de acero, revestido de ese eufemismo que remite por evocación a la enfermedad y a la pandemia y, por lo tanto, a su imperiosa necesidad, que se ha dado en llamar Cordón Sanitario. Pablo Iglesias, más abrupto y montaraz que Sánchez, aunque no menos peligroso, lo ha llamado siempre Alerta Antifascista. Nomenclatura más propia de lo que en realidad van a hacer, cazar fascistas, lo que ellos llaman fascistas, pero menos digerible para una sociedad idiotizada en la factoría política Walt Disney.

Tendrán éxito porque no tienen conciencia. Tendrán éxito porque están dispuestos a poner al servicio de sus intenciones las formidables capacidades del Estado. Tendrán éxito porque es mayor el miedo que inspiran que el respeto que produce la oposición parlamentaria que, en cuanto comience la caza de fascistas, estará más ocupada en el debate estéril de borrarse tan infamante estigma que en acudir en defensa y en socorro de las víctimas de la muerte civil a la que ya estamos sentenciados por no ser ni socialistas ni comunistas, ni nacionalistas ni separatistas, por no ser ni siquiera del PP o de C,s. Estamos sentenciados, sí, y nadie nos defenderá por miedo a ser motejado de fascista. “No preguntes por quién doblan las campanas. Están doblando por ti”. Levántate y lucha, porque mañana será tarde. Muy tarde.