Pie de foto: Largo Caballero, Wenceslao Carrillo y un grupo de milicianos.

 El primer objetivo fue Madrid. En las instrucciones secretas que impartía el director, pseudónimo tras el que se ocultaba el general Mola, se urgía la formación de pequeñas y fuertes columnas que, desde los puntos señalados, toda España se lanzaría sobre Madrid.

Las diversas y contradictorias peripecias del Alzamiento en cada una de las plazas señaladas hizo que de todas las columnas soñadas se pusieran en marcha tres. La que fue a Somosierra desde Burgos, Pamplona, Vitoria y Logroño. La que multiplicó el Alto de los Leones, desde Valladolid y algunas ciudades castellanas. Y, finalmente, ya entrado el mes de agosto de aquel encendido verano, las llamadas Columnas del Sur, que conducidas por Yagüe subieron hasta Talavera, con Varela liberaron el Alcázar de Toledo y se acercaron a Madrid por el Oeste.

 

Somosierra, Navafría y El Alto de los Leones quedaron a partir de septiembre y octubre de 1936, como mastines vigilantes e inmóviles de la capital de España por su parte Norte. Toda la guerra sería así. De modo que establecer el auténtico frente de Madrid fue cosa de los legionarios, los regulares y las unidades militares que iban a su flanco, con concurso de los voluntarios.

 

La gente decía:

- Nos acercamos a Madrid.

Nos, naturalmente, eran Varela y los suyos.

 

Madrid estaba en todas las bocas, pero justamente desde el día en que apareció en toda la prensa nacional – y extranjera – la foto de unos soldados que habían tenido el capricho de retratarse ante un indicador de carreteras “A Madrid, 5 kilómetros”, lo mismo entre nosotros como en el ancho mundo se comenzó a hablar del frente de Madrid. Era noviembre de 1936.

 

Para la gente de la calle, el frente de Madrid no era el considerado militarmente como tal, sino aquel que comprendía lugares muy cercanos en el conocimiento o imaginación popular: la Ciudad Universitaria, el barrio de Usera, la Casa de Campo, etcétera.

 

Si alguien se explicaba:

- Yo estoy en Boadilla del Monte.

 La gente replicaba:

- Ah, bueno…¿Y qué frente es ése?

 

Las fuerzas de choque pidieron voluntarios para servirles de guía en la selva urbana de Madrid, a donde se iba a entrar de un momento a otro, sin reparar que ya estaba en marcha el gran refuerzo de la Brigadas Internacionales. Universitarios madrileños a quienes la guerra había sorprendido de veraneo, y otros provincianos, pero que se conocían Madrid al dedillo, aparecieron de repente en las Banderas y los Tabores, la mayor parte de ellos con camisa azul. Los que eligieron conducir a los moros se pusieron inmediatamente el tarbús, adelantando así la llegada de la Bandera de la Falange de Marruecos, que viviría – y moriría, se entiende – en el frente de Madrid, siempre en torno a Madrid. Con el tiempo llegaron los guías, cuya misión era conducir en el laberinto de la capital a los legionarios, a los regulares y a los fabulosos isidros que iban afluyendo de todas las provincias, bien en batallones, bien en Banderas de Falange o en Tercios de Requetés. Me parece que entre éstos fue el del Alcázar de Toledo quien conquistó el Cerro Rojo devolviéndole su antiguo nombre: Cerro de los Ángeles.

 

Durante aquel mes de noviembre veía Madrid a diario. Con los prismáticos de oficiales y periodistas amigos míos llegaba a distinguir casi mi casa – esto es una exageración, porque quedaba tapada – pero sí mi parroquia que estaba a cincuenta metros: San Marcos. Y yo sabía que allí vivía mi padre y contemplaba los bombardeos aéreos con la ingenuidad de pensar que nuestras bombas iban perfectamente aleccionadas, sabían dónde y a quién dar, lo cual no impedía que algo muy específico se me subiese a la garganta.

 

Los de mi columna habíamos perdido el respeto a la aviación en Somosierra, y yo no calculaba que la que nos bombardeó a nosotros en julio y agosto era aproximadamente prehistórica en comparación con la que se usaba por noviembre, lo mismo en un campo que en otro. Recuerdo que un día en que Mola visitaba el frente y lo estudiaba desde un observatorio de Leganés, nos dieron una pasada que hizo variar algunas de las opiniones más firmemente adquiridas en Somosierra sobre la eficacia de la aviación.

 

Fueron aquellos días muy duros. En una curva vimos un par de camiones con las lonas abrochadas hasta el tope, como si tuvieran frío. Se desmarcaban a la sombra de unos árboles. Nos llenó de curiosidad su carga:

- Seguro que es munición.

- Vamos a verlo.

Eran muertos, en su mayor parte regulares, muertos estibados que llenaban la caja de los camiones, desde la espalda de la cabina hasta la matrícula posterior.

 

Supe por entonces de un periódico que hasta muchos años después no conseguiría ver, y eso en fotocopias. Era el número de Arriba correspondiente a la entrada en Madrid, porque entonces era artículo de fe creer en la inmediata toma de la capital. Los orfeones ensayaban el Te Deum y un presidente hispanoamericano dirigía así un telegrama: “General Franco, Palacio de Oriente, Madrid.” Los rojillos lo devolvieron con buen humor y mejor moral: “Desconocido en estas señas.” Estaba tirado en San Sebastián, en los talleres de “Unidad”, y no tenía fecha, solamente “Madrid, noviembre de 1936”. Se consideraba pues, que en el plazo de noviembre, cualquier día era bueno para llegar a la Cibeles, pero no fue así. De modo que aquel periódico, alojado en una bajera de Carabanchel, se pudrió el 1 de diciembre y con el fin de año murió de mala manera, esto es, como suelen morir los periódicos en los frentes: o en la hoguera o en el uso para tareas no tan solitarias como uno quisiera.

 

En aquel Madrid, como una olla alborotadora, alta y violenta, vino a apaciguarse la marcha sobre Madrid, que se inició por otros caminos y otros frentes. En adelante, para los que habíamos vivido aquellos días, el frente era la hermosa cara de Madrid, el gran balcón que presiden las piedras del Palacio de Oriente, la cúpula de San Francisco, las torres de Santa Cruz, el esperpento de la Telefónica, que era como una mascarita en la Pradera, los cortados de la Universitaria, la vanguardia de los Cuatro Caminos, la mancha verde de la Dehesa de la Villa.

Desde la terraza alta del campamento los corresponsales extranjeros observaban el avance. En el primer puesto de evacuación se escuchaban frases de este tipo:

- A mi me han “cascao” cerca de la Plaza de España.

- Dos de mi Bandera han bebido vino en la cá Toledo.

- Cuando me acertaron en el remo, estaba a punto de llegar a la Cárcel Modelo.

 

Un capitán de Estado Mayor aclaraba:

- No les hagan caso, es la fiebre del frente. Del Clínico no hemos pasado.

En el Clínico resucitó la guerra de minas y la lucha piso por piso, como en la Zaragoza de la francesada. Tardó en apaciguarse aquel frente enconado e ilusionador pero, como escribía Neville a propósito de la proa que se metía en Madrid: “En la Universitaria se combatía cuando era preciso, se vigilaba por turnos y el resto del tiempo se dormía o se hablaba. Los legionarios del Clínico jugaban de día al fútbol en un pequeño espacio desenfilado, pero el que tiraba los corners se jugaba la vida si los rojos de la calle de la Princesa estaban alerta.”

 

Desde el lado nacional, el frente enemigo aparecía en Madrid como un frente de espejos, con el sol reflejándose en los cristales que aún quedaban sanos.

 

Edgard Neville, en su olvidada novelita titulada “Frente de Madrid”, lo sitúa perfectamente desde un punto de vista de soldado y juglar en prosa:

“Dos ejércitos escondidos en dos paisajes de Goya y de Velázquez. Goya en los Carabancheles, con fondos de cúpula de San Francisco el Grande. Guerra en la pradera de San Isidro y a orillas del Manzanares; fusilamientos en San Antonio de la Florida; en los lugares de “La merienda” y “La maja y los embozados". Obuses y ametralladoras con fondo de tapiz y luz de “La vendimia.”

 

“Y enfrente, la Casa de Campo: Velázquez, las jaras y los robles concretos y recortados sobre un cielo diáfano. Detrás, y a lo lejos, los azules y las nieves de la Sierra.”

Era un frente insólito y se decía que todos sus habitantes estaban ya locos de quietud y peligro. Había cuevas de trogloditas, con baño y toda la pesca y en más de una de ellas no faltaba el piano para hacer música. Un frente así era ideal para ensayar las compañías de Altavoces del Frente y allí que se fueron a sustituir a los diálogos homéricos que se lanzaban de trinchera a trinchera. También daban música – el flamenco gustaba mucho en ambos bandos – y noticias de toros, que los aficionados de la otra línea agradecían mucho porque en la zona roja no había corridas y novilladas. A veces se oía el nombre de un novillero que venía pegando: Manolete.

 

A pocos centenares de metros del frente había paseo provinciano con soldados y muchachas y los jóvenes alféreces partían el bacalao e invitaban al cine.

La guerra se iba para otros frentes. Siempre he sostenido que apuntaran donde apuntasen, lo misma una posición enemiga en Huesca o en Teruel, igual en los alrededores de Motril, que en el increíble, duro y milagroso frente de Aragón, por los montes cántabros o por Vinaroz, camino de Valencia o en las riberas últimas del Ebro, la verdad es que el punto de mira de todos los fusiles nacionales tenía puesto el ojo en Madrid. Se cantaba:

Si te quieres casar

con las chicas de aquí,

tienes que ir a tomar

capital a Madrid.

 

Otros recordaban el viejo poemilla:

A las tierras de Madrid

hemos de ir:

todos hemos de morir.

 

Todos los caminos llevaban a Madrid, aunque fuese con vuelta. Por eso se hablaba en un principio de la marcha sobre Madrid como solución a todos los problemas: “El día en que caiga Madrid, se acabará la guerra.” Resultó ser verdad con error de apenas setenta y tantas horas. Mola planeó la marcha sobre Madrid, convirtiendo así en plan estratégico y táctico la consigna orteguiana de “¡Eh, las provincias, en pie!”.

 

“La sensación de que este frente producía en los que conocían Madrid, o habitaban en él, era un tantico angustiosa. Foxá la resumió en pocas palabras:

“Estaba a diez minutos de tranvía e la Puerta del Sol, allí, al alcance de la mano, contemplaba la ciudad más lejana del mundo.”

 

Rafael García Serrano

 

(Conversación tomada al oído:

- Ahora se han cumplido cuarenta y nueve años de la toma de Madrid

- Querrás decir de la liberación…

- Liberación, ¿de qué? La toma es historia.

La liberación, ya lo ves, un cuento.)