Los años 30 del pasado siglo fueron uno de los periodos más convulsos de la historia reciente de España. En abril de 1931, mediante un golpe de estado revolucionario de libro, una parte de la población -dirigida y alentada por una multitud de partidos y partidillos socialistas, anarquistas, comunistas y republicanos- habían cambiado la forma del Estado proclamando una república ilegítima en contra de todo el ordenamiento legal vigente en aquel momento. Se iniciaba así un periodo de desgobierno, de anarquía, de violencia y de tiranía republicana que desembocó, cinco años después, en la más cruenta guerra civil que haya sufrido nuestra Nación.

 

La situación en el resto de Europa no era mucho mejor. Hacia solo 13 años que había terminado la Primera Guerra Mundial y habían desaparecido muchos de las monarquías históricas, incluso naciones enteras; los comunistas se habían hecho con el poder en Rusia y estaban inoculando su virus mortal a muchos otros países de Europa; estaba terminando la gran recesión de 1929, que aunque afectó sobre todo a los Estados Unidos también tuvo impacto en Europa; en Alemania estaba naciendo el nazismo y en Italia creciendo el fascismo.

 

En ese entorno, el día 23 de octubre de 1933 celebró su acto fundacional una organización política, Falange Española, liderada (entre otros) por un brillante abogado de familia muy acomodada con 30 años de edad, José Antonio Primo de Rivera y Saenz de Heredia, quien, renunciando a una vida placentera y privilegiada, decidió dejarlo todo para servir a España, al igual que muchos de sus camaradas de la primera época (Julio Ruíz de Alda, Alfonso García Valdecasas, Rafael Sánchez Mazas, Sancho Dávila y otros muchos). Unos meses después, en febrero de 1934, se fusionaron con otro partido, de ideología similar, las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, fundado por Ramiro Ledesma Ramos, pasando a llamarse Falange Española de las JONS.

Frente a la ideología de la destrucción de los partidos marxistas y republicanos que habían usurpado el poder (destrucción de España, destrucción del capitalismo y de la propiedad privada, destrucción de la religión, destrucción de la familia, destrucción de los principios y valores cristianos, destrucción de la persona como ser libre y dueño de su destino, etc, etc), Falange planteaba un proyecto revolucionario, creador no destructor, profundamente patriótico, empeñado en hacer de España una nación UNIDA, GRANDE y LIBRE, orgullosa de su inigualable historia, poniendo a la persona en el centro de la acción política, que debería estar basada en la justicia y la verdad, despreciando el corrupto sistema de partidos políticos cuyo único objetivo era perpetuarse en el poder y asumiendo como propio el esquema ético y moral de la religión cristiana, fundamento secular de la grandeza y el progreso de España y de Europa, y todo ello mediante la creación de un Nuevo Estado que erradicara los corrosivos estados liberales y marxistas que se imponían en el mundo occidental. Un Estado que descansara sobre los tres sólidos pilares que décadas después constituirían el lema de la añorada Fuerza Nueva: DIOS, PATRIA y JUSTICIA.

El nuevo movimiento atrajo desde el principio a multitud de personas hartas de la situación existente y de su previsible y preocupante evolución, personas de toda clase y condición, desde aristócratas (el propio José Antonio era duque de Estella) hasta jornaleros, desde estudiantes a obreros, jóvenes (muchos) y mayores, hombres y mujeres, siendo los burgueses y los cobardes los únicos que escaseaban en sus filas, por lo que rápidamente se convirtió en una amenaza para los bolcheviques que manejaban los destinos de España.

 

El acoso a Falange comenzó, bajo coacción, prohibiendo la distribución en los quioscos de la revista F.E., su órgano oficial de expresión, que tuvo que ser vendida por los militantes en las calles, al igual que el semanario Arriba y la revista Haz, y rápidamente empezaron las agresiones físicas que culminaron en febrero de 1934 con el cobarde asesinato por la espalda de Matías Montero, estudiante de medicina y cofundador del SEU, el sindicato estudiantil creado por Falange para contrarrestar al entonces mayoritario FUE, dominado por los marxistas. En las semanas siguientes fueron asesinados muchos otros falangistas (en Valladolid, Gijón, Madrid y otros muchos lugares), y se añadieron muchos nombres a la interminable lista de caídos (Onésimo Redondo, Francisco de Paula Sampol, Juan Cuellar, José García Vara, etc, etc) comenzando un rosario de agresiones, violencia y muerte que, en la zona roja, no terminaría hasta el final de la Guerra Civil y que incluyó un atentado (afortunadamente frustrado) contra el propio José Antonio en Madrid el 10 de abril de 1934.

 

Con el triunfo fraudulento (como está ampliamente demostrado) del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, el gobierno republicano ilegalizó Falange, amparándose en una falsa acusación de “desordenes públicos”, y encarceló a sus principales dirigentes, incluido el propio José Antonio, viéndose obligados el resto de sus militantes a pasar a la clandestinidad.

 

Aunque poco tiempo después, en junio de 1936, el Tribunal Supremo declaró nula esa ilegalización, ya era demasiado tarde; el gobierno no liberó a los dirigentes encarcelados, los acontecimientos se precipitaron y en los meses siguientes la mayor parte de ellos fueron asesinados, en unos casos (Julio Ruiz de Alda, Ramiro Ledesma Ramos, etc, etc) en cualquiera de las decenas de “checas” que había en Madrid o en alguna de las múltiples “sacas” de las cárceles que terminaban en Paracuellos, en Torrejón de Ardoz, en el cementerio de Aravaca o en cualquier cuneta, y en otros casos, como el del propio José Antonio, fusilado el 20 de noviembre de 1936 en los patios de la cárcel de Alicante, con 33 años, después de un simulacro de juicio sin ninguna garantía procesal.

 

Durante la Cruzada, muchos militantes de Falange entregaron su vida, por Dios y por España (que no se olvide), tanto en los frentes de batalla como en la zona roja -actuando en lo que se vino en llamar la “quinta columna”-, teniendo las banderas de Falange una actuación destacada en muchas de las victorias del Ejercito Nacional, demostrando un valor y un arrojo admirables.

Después de la Guerra, ya integrados en el nuevo partido surgido de la unificación de Falange con los Tradicionalistas (Falange Española Tradicionalista y de las JONS), y especialmente hasta finales de los años 50 del pasado siglo, los falangistas continuaron sirviendo a España y tuvieron una actuación notabilísima en todo el progreso social que, junto al desarrollo económico y al rearme moral, tuvo lugar durante la España de Franco, destacando, entre otros muchos, José Antonio Girón de Velasco, quien como ministro de Trabajo creó la Seguridad Social, las pensiones, la atención médica universal, multitud de ‘universidades laborales’, y otras muchas mejoras sociales hasta entonces inimaginables.

 

Tras la muerte del Generalísimo, ya en 1976, los falangistas todavía presentes en muchas de las instituciones, y en particular en las Cortes Generales, en una acto absurdo e irracional de generosidad, creyendo de buena fe que eso era lo mejor para España (aunque en este caso se equivocaron), se suicidaron políticamente de un modo pacífico para dar paso al nuevo régimen, llamado “democrático”, que padecemos hoy día.

Esta es la historia, muy resumida, de Falange y de su primer Jefe Nacional, José Antonio Primo de Rivera, q.e.p.d.

 

Pues bien, en los últimos días el Secretario General del partido VOX, Sr. Ortega Smith, en un acto privado (¡que pena que no fuera público!) ha hecho un comentario elogioso sobre la figura de José Antonio y, a raíz de ello, la progresía de todo tipo, desde el PP a Potemos, se ha rasgado las vestiduras acusando a Ortega Smith, entre otras estupideces, de “fascista”.

 

Estos voceros del “nuevo orden mundial”, del pensamiento único socialdemócrata y marxista, empleados de Soros, del Club Bilderberg o de Macrón, muchos de ellos herederos políticos (si no descendientes directos) de los que pusieron a España al borde del abismo, de los que asesinaron a José Antonio y finalmente perdieron la Guerra son, entre otras cosas, unos descomunales ignorantes. Los más “estudiados” entre ellos confunden a José Antonio con su padre, el general Miguel Primo de Rivera, que gobernó España entre 1923 y 1930. El resto simplemente no tiene ni la más remota idea de quien fue José Antonio.

 

Ni José Antonio ni Falange fueron fascistas, y mucho menos nacionalsocialistas (nazis). El fascismo y el nazismo eran declaradamente ateos y perseguían a todo el que tuviera creencias religiosas y viviera conforme a ellas, mientras que José Antonio era profundamente católico; los fascistas y los nazis eran racistas (hoy los llamaríamos xenófobos), y José Antonio no lo era; los fascistas y los nazis soñaban con un estado omnipotente, que anulaba a la persona, mientras que José Antonio ponía a la persona en el centro de su acción política; los fascistas y los nazis eran radicalmente materialistas, mientras que el falangismo es un proyecto idealista y de raíz espiritual; los fascistas y los nazis eran clasistas, distinguiendo entre la clase dirigente, el partido, y la masa de individuos indiferenciados que sirven para que el partido cada día tenga más y más poder, mientras que Falange creía en la igualdad entre todos los seres humanos; José Antonio fue íntegro y honesto, moralmente irreprochable, hasta el mismo instante de su muerte, mientras que los fascistas y los nazis eras seres moralmente abyectos; el fascismo y el nazismo nacieron del socialismo (si, del socialismo), mientras que José Antonio lucho durante toda su corta vida política en contra de esa ideología tan destructiva.

 

Es innegable que el tiempo y la historia acaban poniendo siempre a cada uno en su sitio, y no tengo ninguna duda de que tarde o temprano la figura de José Antonio volverá a estar en el pedestal que le corresponde y que todas estas hienas sarnosas volverán a la cueva de la que nunca debieron salir. Y, entonces, “volverá a reír la primavera”.

 

Sí, yo admiro a José Antonio, en público y en privado, y sigo diciendo con esperanza “José Antonio Primo de Rivera, ¡PRESENTE!”

Y, por supuesto, no soy fascista y me repugna el nazismo.